Hoy les escribo no solo como madre, sino como parte de una historia que se repite en demasiadas familias. Una historia que empieza con ilusión y esperanza, pero que a veces se tiñe de frustración, de incomprensión, de silencios que duelen.
Mi hijo tiene Altas Capacidades.
Eso significa que su mente funciona de manera intensa, creativa, veloz.
Pero también que su corazón late más fuerte, que su piel emocional es más fina, que su forma de mirar el mundo no siempre encaja en los ritmos que el sistema establece.
Cuando llegamos al colegio, llegamos con ganas de aprender, de crecer, de formar parte de la comunidad.
Pero pronto nos dimos cuenta de que la diferencia, cuando no se comprende, se convierte en un muro.
No fueron solo las tareas repetitivas que no retaban su curiosidad.
No fueron solo las veces que alzaba la mano con una pregunta demasiado compleja y era invitado a «dejarlo para después», o se atrevía a corregir a un profesor.
No fueron solo las miradas de algunos compañeros que no entendían su pasión desbordante por los temas que le apasionaban. Ni tan siquiera la incomprensión y la falta de manejo y gestión cuando tenía uno de sus desbordamientos emocionales recibiendo castigo a cambio, incidencia y notificación a los padres, reproches por parte de profesores y compañeros…
Fue, sobre todo, el dolor de ver que su esencia —esa chispa única que debería ser celebrada— empezaba a apagarse poco a poco.
Porque cuando un niño siente que tiene que esconder su hambre de saber para no molestar, que tiene que bajar el volumen de su entusiasmo para encajar, algo muy profundo se rompe dentro de él.
Sé que no es fácil.
Sé que no siempre tienen los recursos, ni la formación, ni el tiempo que necesitarían para atender cada diversidad como merece.
Pero también sé que muchas veces, el cambio empieza en un gesto pequeño:
Una mirada que dice «te veo».
Una oportunidad para investigar más allá del currículo.
Un proyecto que permita crear en vez de repetir.
Un abrazo metafórico que le recuerde que ser diferente no es un defecto: es una fuerza.
Un salir del «yo no lo veo» o del «no existen las altas capacidades» o del «estoy harto de que los padres vengan a intentar a disculpar a sus hijos cuando lo que les pasa es que son unos maleducados».
Mi hijo —y tantos otros como él— no necesitan un trato de favor.
No quieren «ser especiales».
Solo quieren ser vistos, comprendidos y respetados en su forma única de aprender y de ser.
No estamos pidiendo privilegios.
Estamos pidiendo oportunidades.
Para que puedan desplegar sus alas sin miedo.
Para que la escuela sea, de verdad, el espacio donde cada niño pueda encontrar su lugar, su voz, su luz.
A los colegios, a los profesores, a los orientadores:
Gracias por todo lo que hacen cada día, incluso cuando el sistema no siempre se lo pone fácil.
Y gracias, sobre todo, por atreverse a mirar más allá de los moldes, a reconocer que cada mente es un universo, y que todos —también los niños con Altas Capacidades— merecen ser acompañados para brillar desde su verdad más profunda.
Desde el corazón,
Una madre de un niño con Altas Capacidades
Si eres madre o padre de un hijo con Altas Capacidades que no lo está pasando bien en el colegio. Si te sientes imcomprendido/a y frustrado/a, si crees que se puede ir más allá… Siéntete libre de copiar, adaptar y enviar esta carta al colegio. Cuantos más lo hagamos, más estaremos contribuyendo a la sensibilización sobre las Altas Capacidades.


